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“Tejer macramé es otra forma de tejer mi vida”: Rubén Martínez

ruben1La imagen de Rubén sentado frente a los hilos con sus manos laboriosas es ya una postal clásica de la calle de los artesanos en San Agustín. Así lo encuentran de domingo a domingo quienes visitan su tienda Macramé Arte en la capital arqueológica de Huila.

Hugo Mauricio Fernández

180 Grados | San Agustín

“Aunque soy licenciado en lengua castellana de la Universidad Surcolombiana, escogí el camino libre de la artesanía como forma de vida porque no creo en el sistema educativo de este país”, es lo primero que confiesa Rubén con un sabor agrio en la boca cuando le pregunto por su iniciación en el universo de los tejidos y su vida de artesano.

Desde hace 20 años que un “parcero” le enseñó los primeros nudos, cuando terminaba su bachillerato en el Santa Librada, no ha dejado de entregar sus manos ágiles al oficio de tejer. Con una dedicación arácnida pronto superó a su maestro, e innovó con su creatividad en lo que hasta entonces habían explorado con los hilos del macramé sus amigos artesanos en las calles de Neiva.

Un nudo ciego

El gusto por las líneas, las texturas y los colores fue lo que motivó a Rubén a explorar los tejidos del macramé, pues antes de entregarse a los hilos dedicaba su tiempo de ocio al dibujo y la pintura. Desde muy niño, en la escuela de la vereda La Libertad en el municipio de San Eduardo en Boyacá, su asignatura favorita era la que entonces denominaban Manualidades. El esmero que daba a sus tareas escolares en el área artística asombraba a sus abuelos con quienes vivía en una finca. Esa etapa de infancia en su tierra natal marcaría definitivamente el alma de Rubén. La ruptura de la vida feliz en el campo hasta la muerte de su abuelo Cenón Martínez es una alforza imborrable que lleva desde los 8 años.

El abuelo Cenón, líder social de su territorio en Boyacá, quien lo sentaba en las piernas para contarle historias y leyendas que asombraban su imaginación de niño,  fue asesinado  junto a su hermano, el tío Manuel, como lo llamaba Rubén. Varios hombres armados, vestidos con prendas militares llegaron hasta la finca y luego de un breve diálogo se los llevaron. A los dos o tres días aparecieron los cuerpos fusilados de ambos hombres tendidos en un pastizal. “Recuerdo que era un día entre semana y acabábamos de desayunar. Yo iba camino a la escuela y me alcancé a despedir de mi abuelo. Me dio un beso en la frente y se quedó hablando con los tipos de camuflado. Es un nudo ciego que llevo aquí.

Fue la última vez que nos abrazamos”

Su familia fue condenada al éxodo que han padecido miles de campesinos colombianos desterrados por la violencia. Días después del multitudinario sepelio del abuelo y el tío en Miraflores, la abuela, el tío Héctor y su nieto emigraron a Tunja donde trabajaba Flor Alba la madre de Rubén, quien lo matriculó en el colegio Gimnasio Santander para cursar el grado Tercero  que comprensiblemente reprobó. Años después, a inicios de los noventa se trasladaron hasta el Tolima donde vivieron en varias veredas de acuerdo a los trabajos que le salían al tío. En 1995, cuando la abuela perdió la vista se radicaron en Neiva donde ahora trabajaba su mamá como vendedora farmacéutica. Establecerse en la capital huilense le permitió culminar sus estudios de bachiller e ingresar a la universidad.

“Antes de fijar nuestro domicilio en Neiva tuvimos que rodar por varios años. De Boyacá a Tolima y finalmente Huila. Una migración que estuvo signada por la violencia, pues en la vereda San José de Guatimbol en Tolima que está junto al cañón del Sumapaz, donde vivimos por un tiempo, la guerrilla asesinó de tres tiros al padre de un compañerito de la escuela, supuestamente por sapo. A otro señor le pegaron un balazo en la boca que le destrozó parte de la cabeza, creo que también por ser informante de los militares”.  

Tejer atrapa sueños

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Desde entonces, el objetivo de Rubén ha sido resistir a través del arte. Un gesto rebelde que le ha permitido crear su propia microempresa en San Agustín a donde llegó de visita cuando estudiaba en la universidad. El clima y el paisaje del municipio del pueblo escultor le evocaron su infancia en Boyacá e influenciado por esa atmósfera, luego de conseguir su título profesional y viajar por Suramérica, decidió echar raíces en las montañas del Macizo colombiano. Hace ya 10 años que se avecindó en el sur con el objetivo de vivir de sus creaciones artísticas en macramé. Una visión que ha ido cristalizando con la paciencia y disciplina de un buen tejedor.

Lejos están las épocas de estudiante, cuando tendía en un paño sus artesanías en las ágoras de la universidad o se “parchaba” en la carrera 5 de Neiva junto a otros artesanos. Así nunca le faltó dinero para las fotocopias, la comida y una que otra cerveza en el bar de rock al que sagradamente asistía los fines de semana en el barrio Santa Inés. Una etapa que le permitió conocer el ritmo de la noche en una ciudad estrecha y caliente que brinda muy pocos espacios a los jóvenes. “Por trabajar en la calle con mis artesanías fui víctima del maltrato policial en Neiva. Los tombos nos hicieron lanzar a un amigo de nombre Alexander y a mí al río Magdalena sin importarles si sabíamos nadar o no”.

Sin embargo, la persistencia de atrapar su sueño ha sido mayor a las vicisitudes. El mismo año que se graduó de la universidad y obtuvo el título de Licenciado de Humanidades y Lengua Castellana con una mención de honor por la mejor práctica profesional, también fue reconocido por la Secretaría de Cultura y Turismo de Huila en el Encuentro Nacional de Maestros Artesanos como el exponente con la mejor muestra de tejidos. Un galardón que reafirmó su camino en el mundo de los hilados y lo espoleó a instalar en San Agustín su proyecto de vida: Macramé Arte.

Macramé Arte      

Ubicada en la calle de los artesanos, Macramé Arte además de ser una tienda vistosa en la que cuelgan los atrapasueños con tapiz en macramé inventados por Rubén, y mochilas tejidas a mano, pulseras, collares, aretes y una gran variedad de accesorios, así como camisetas y hasta libros, también es un punto de encuentro y tertuliadero orgánico, al decir de los vecinos. Los fines de semana, especialmente, varios de sus amigos se reúnen a tejer la palabra y compartir alguna bebida espirituosa en el andén de lo que después de altas horas de la noche denominan con humor Macramé Bar.

ruben3“Gracias a mi oficio de artesano y la dedicación que doy a mi trabajo puedo decir orgullosamente que vivo de esto y puedo ofrecerle una vida digna a mi hijo”. | Foto: Hugo Mauricio Fernández, periodista Agencia 180 Grados.

Pero la bohemia no impide cumplir con el entramado de su oficio. Aunque a veces la resaca se alcanza a revelar en las venitas rosadas de sus ojos, Rubén no cede a las siestas de los enguayabados. De domingo a domingo, así llueva, truene, relampagueé, o la cruda azote el hígado, las manos laboriosas del Señor Macramé entrelazan los nudos con los que logra el sustento propio y el de su hijo Amarú, quien actualmente estudia y vive en Neiva con Tatiana, su excompañera sentimental. Un hilo trascendental que le sirve de motor en la vida como él mismo lo afirma.

“Gracias a mi oficio de artesano y la dedicación que doy a mi trabajo puedo decir orgullosamente que vivo de esto y puedo ofrecerle una vida digna a mi hijo. A veces no es fácil, pero el esfuerzo y la disciplina son recompensados. Yo diría que tejer macramé es otra forma de tejer mi vida”.

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