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Hernando Arias: El sabio que hizo despertar la vida en un desierto

obra hernando arias quimico 1En tiempos en donde la esperanza parece no existir, en un mundo que se ha dedicado desenfrenadamente a depredar los bosques y las junglas, este hombre parece tener la clave para revertir este rumbo.  

El olor a madera viva que expedía aquella pequeña sala de ese viejo museo parecía anunciar lo que sería el tema de su ponencia. El químico, restaurador de suelos, botánico empírico, pianista apasionado y profesor de la Universidad Nacional de Colombia, Hernando Arias, se dedicó a poner en práctica lo plasmado como teoría en sus libros, lo que podría denominarse también ‘la química de la vida’. “La química es intrusa en todas las ciencias”, dice, y por eso cree que llegó a conocer de botánica y biología sin haber estudiado esas ciencias exactamente.

La Agencia Informativa 180 Grados asistió a su corta y asombrosa conversación, que se cumplió el pasado sábado, 15 de septiembre, desde las 11 de la mañana, en las instalaciones del Museo de Arte Colonial, Centro Histórico de Bogotá. Ayudado de 60 filminas con viejas fotografías de ese terreno en los años setenta, y expuestas al auditorio con un viejo pero conservado proyector de diapositivas, este boyacense, natural de Chiquinquirá, explicó la manera como él logró que un terreno desértico se convertirse en un bello bosque.

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Volver a la vida un suelo muerto

En 1977, Arias adquirió 50 hectáreas de tierra desértica en el municipio de Sutamarchan (Boyacá), que él bautizó ‘Finca Marte’, con la idea de poner todo ese conocimiento que había adquirido, inicialmente en su pregrado, posteriormente en su rol como profesor la Universidad Nacional. Mientras mostraba aquellas filminas al auditorio, las viejas fotos proyectadas hablaban cómo era ese árido valle de Boyacá, cruzado por una viaja y polvorienta carretera que conectaba con el municipio de Villa de Leyva.

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Asegura que hace 41 años, ese terreno era lo él ha denominado un ‘suelo esquelético’: Las sales minerales del suelo salían “como se les daba la gana”, subrayó, en una zona donde, por aquellos años setenta, solo habían precipitaciones cada dos años. “Antes me decían loco Arias, luego me decían señor Arias; hoy me dicen doctor Arias”, rememora entre risas este sabio hombre, refiriéndose a la visión que muchos tenían de él cuando decidió comprar una tierra que nadie quería y que hoy todos desea.   

La clave durante los primeros 15 años, tiempo que le llevó hacer nacer los primeros arbustos en ese suelo muerto, fue inicialmente sembrar progresivamente los primeros 50 mil pinos de 15 diferentes clases. Y esto, respondiendo a un principio que él mismo hoy reivindica con su poderosa experiencia: “La naturaleza no tiene vida recta, es coloidal”, es decir, que todo suelo tienen vida, así tenga un aspecto diferente.

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Factores del problema

El profesor Hernando ataña el empobrecimiento de las condiciones químicas de esas zonas desérticas a factores sociales, culturales y económicos. La llegada del boom del cultivo del trigo, traído por los españoles y acogido luego por los indoamericanos, hizo que muchos terratenientes del Siglo XIX acabaran con toda la vegetación en esas tierras en las que hoy se levanta el departamento de Boyacá. Con los años, el exceso de trigo desplazó a la fauna y a la flora presente. Con los años, se modificó las propiedades del suelo, es decir, los nutrientes naturales de esas tierras fueron perdiendo sus condiciones, hasta convertirse en suelos empobrecidos. 

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Las malas prácticas agrícolas fueron el denominador común en el sistema de siembra del trigo durante esas y posteriores décadas. Las quemas generaban degradación biológica y lo que hoy, en pleno Siglo XXI, el profesor Arias le denomina la urbanizando el campo. “La urbanización descontrolada y los que otros quieren vendernos como industrialización del campo son nuevas formas de contaminación del suelo”, explicó el académico.

Es así que se determinan tres condiciones que hacen que un suelo pierda sus características y, con los años, se convierta en un suelo bajo en nutrientes o ‘esquelético’. Y son precisamente las mismas que permiten recobrar su vitalidad: El manejo del agua, el manejo de la vegetación y el conocimiento del suelo. Sin embargo, a esta le añade una cuarta, la educación continuada a las comunidades, en miras a evitar seguir las viejas prácticas que lo erosionaron.   

El ciclo de la naturaleza no es lineal

Hoy, la Finca Marte, que una vez tenía el color de ese cercano planeta de nuestro Sistema Solar, hoy es una tierra en donde nace la vida. En este momento, el profesor tiene como proyecto levantar una granja dedicada al cultivo de abejas. “Fue una cosa de sacar adelante un proyecto donde yo veía avanzar inexorablemente la degradación ambiental. Entonces yo compré ese terreno que le llamé Marte, por el color de la tierra y fue cuando descendió la primera sonda al planeta Marte. Desde ese momento, he seguido acá. Y ahora el plan es, como la tierra ha resultado buena para cultivar especies aromáticas. El ideal es dejar un poco los árboles y hacer una granja dedicada a las abejas”, explicó.

Considera que crear las condiciones para que se genere vida es la mayor satisfacción que cualquier ser humano sobre la Tierra debe tener, en medio de un mundo donde pareciere que se busque lo contrario. “El desierto sí puede producir vida; es delicado porque el golpe ya estuvo dado, pero no es una cosa definitiva. La forma como nosotros medimos el tiempo, no tiene nada que ver con los daños que hacemos a la naturaleza”, puntualizó en la entrevista que concedió en exclusiva para 180 Grados.

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