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Relatos de Identidad II | Otros embrujos de La Jagua

los embrujos de la jagua 2El Festival de Brujas en La Jagua no sólo es una oportunidad para disfrutar de las tradiciones, el arte y la cultura huilense, sino para reencontrar historias y personajes que hacen de este lugar un referente de la memoria y los conflictos sociales, ambientales y de comunicación que padece el centro de Huila.

Hugo Mauricio Fernández

Agencia 180 Grados

Redacción Garzón – Huila

Más allá del relato de las brujas en el imaginario popular, La Jagua es un poblado que esconde en sus callejuelas empedradas, como visos de guacas, historias de personajes que persisten desde el arte en la protección del territorio, pues después de la construcción de la hidroeléctrica El Quimbo las condiciones del centro poblado ya no son las mismas, como afirman muchos de sus habitantes y se evidencia en su clima cada vez más ardiente y el paisaje melancólico de las playas resecas y los caudales menguados de los ríos Magdalena y Suaza.

Un espectro de la noche

El proyecto hidroeléctrico El Quimbo avanzado por Emgesa, un espectro de la noche que entró en funcionamiento a finales de 2015, carga con la impronta de miles de familias afectadas y un ecocidio forestal de más de 3.000 hectáreas de bosque seco. Una historia de negligencia e incumplimiento que inició en 2009 cuando el Ministerio de Ambiente, otorgó licencia ambiental a Emgesa para desarrollar el proyecto sobre la cuenca alta del río Magdalena al sur del departamento de Huila en 8.500 hectáreas productivas catalogadas como Reserva Forestal.

Luego de cuatro años en funcionamiento de la hidroeléctrica, la zona en la que se lleva a cabo el proyecto tiene un impacto directo sobre los habitantes que se quejan de las altas temperaturas y la irrisoria producción agrícola, así como sobre los ecosistemas de bosque con más de 300 especies de flora que fueron arrasadas por la inundación. Los compromisos sociales y ambientales que asumió Emgesa con la construcción del proyecto se han quedado en discursos maquillados y la recuperación de la fauna y el reasentamiento de las familias que vivían en el área de influencia no ha colmado las expectativas de los afectados que les tocó aceptar o aceptar los pagos de la multinacional.

Desde otras orillas

Sin embargo, pese al rebose de la inconciencia de algunos, hay quienes resisten desde otras orillas en la protección de los recursos y el ambiente. Es el caso de Cristian Felipe Gasca Vargas, administrador de empresas agropecuarias, un joven garzoneño de 30 años que desde hace cuatro se dedica a realizar encantadoras artesanías con los troncos y bejucos que recoge en las playas áridas de los ríos Magdalena y Suaza. La historia de este curioso proyecto nació del amor de Cristian por el territorio y la necesidad de un trabajo digno que aportara en algo a la construcción de región, así como él mismo lo narra.

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“Cuando regresé a Garzón después de trabajar varios años en el departamento de Cesar y estaba recién construida la represa me di cuenta que habían desaparecido los bosques, que el cauce de los ríos había mermado y los peces y las aves tampoco estaban debido a la hidroeléctrica. Esa circunstancia nos afectó a todos los habitantes de Garzón directa o indirectamente. Entonces un primo que trabajaba la artesanía me enseñó a encontrar en los troncos animales y formas que también nos ofrece el río, yo diría que a manera de memoria, pues esa fauna también fue desterrada del territorio”. Así fue como se enamoró de la madera y decidió dedicar su tiempo a la recolección de troncos y maderos que encontraba en sus recorridos por las orillas del río Magdalena y el Suaza.

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Las maderas de árboles nativos como el igua, biomate, dinde, y mataratón con las que los campesinos hacen los estantillos para sus linderos, son las predilectas de Cristian, pues su resistencia a la intemperie garantiza la durabilidad de las artesanías. Una circunstancia que le da a sus piezas originalidad, calidad y estética, además del cuidado y dedicación con el que este joven artesano trabaja cada una de sus obras. Su residencia en La Jagua, una casa antigua de bahareque, además de ser el hogar que comparte con Alejandra, su compañera sentimental, es una luminosa galería donde están expuestas sus pulidas piezas de madera.

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“La Jagua me ha dado muchas cosas bonitas, yo empecé viniendo los fines de semana de relajo al río con los amigos y ahora tengo mi proyecto de vida. Aquí también conocí a mi compañera Alejandra en un festival de muralismo en 2016 y desde entonces nos enamoramos y compartimos este sueño de resistir desde nuestro territorio con el arte. Pertenecemos a una asociación que se llama algoporelterritorio, jóvenes de aquí de La Jagua que hacen la resistencia contra el proyecto hidroeléctrico El Quimbo, con quienes trabajamos de manera organizada y hemos realizado varios eventos con artistas nacionales”. Durante el Festival de Brujas 2019, el hogar de Cristián le abrió las puertas a otros creadores como Julian Rodríguez tallador de piedra de San Agustín y a mujeres tejedoras del Agrado y ceramistas de Pitalito.

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El dios de las brujas

De las manos fructíferas de Emiro germinan damas voladoras. Como un pequeño dios en su taller de La Jagua, el maestro Garzón, uno de los escultores más importantes de Colombia, moldea con amor y paciencia mujeres voluptuosas que cantan a la vida. Sus brujas, además de coincidir con el relato distintivo de La Jagua, donde reside desde el año 2007, reflexionan sobre la rebeldía femenina y la capacidad de vuelo que da a las mujeres el conocimiento, como lo sugiere su bruja La Pensadora que, suspendida en el aire con una escoba entre sus piernas, expresa una actitud de ensueño en sus facciones y da la bienvenida a los visitantes a la entrada de la gran casona.

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Durante el Festival de Brujas en La Jagua-y cuentan que durante todo el año- la casa taller de Emiro Garzón es quizá el mayor atractivo turístico del pueblo. Convertido ya en una institución, el maestro no deja atrás su sencillez y humanidad, y a pesar del trajín del taller donde diariamente laboran más de 10 personas, se toma el tiempo para atender a sus admiradores, explicarles aspectos de su obra y hacerse una fotografía. Las obras expuestas en los corredores amplios de la casona son admiradas y adquiridas por coleccionistas y amantes del arte que reconocen la egregia propiedad de sus estupendas esculturas donde retrata los oficios y la vida sencilla del campo.

“Yo estaba haciendo una obra muy contestataria, revolucionaria que se acrecienta en la década del 90, cuando corre más sangre por la guerrilla. Entonces decido no hacer más arte sobre la violencia, sino rendirle culto a la vida. Es ahí cuando nacen las esculturas a las lavanderas y los campesinos. Mi obra es un canto para ellos”. Explica el maestro Garzón, quien en palabras del poeta William Ospina, es “un niño que aún juega con la arcilla, que repite en la misma arcilla los dolores del tiempo, las largas migraciones, los oficios humildes, los amores, las guerras, los destierros”.

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Las mujeres de Emiro despliegan senos turgentes, caderas generosas y tiernas cinturas. Se trata de mujeres resueltas, dueñas de sí mismas, poseedoras de una sensualidad eléctrica que se transmite en la expresividad de sus movimientos. Son mujeres luchadoras, fuertes, pero al mismo tiempo eróticas. “A los hombres le pongo mucha fuerza, pero a la mujer también porque es fuerte y dinámica. El campesino va con un amor a su tierra y eso se refleja en la escultura”, subraya el dios de las brujas mientras pule un cuadro alusivo a la obra literaria de José Eustasio Rivera.

“Interrogas al barro, al viento y a la historia, tus mujeres son fuertes, fecundas y activas, trabajan, leen, luchan, recomienzan, saben que son las madres de los sueños futuros, gustan su eternidad de agua y de ensueño”, define el poeta William Ospina.

*Fotografía de portada: Neyder Salazar.

180 Grados TV

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