Tía Gracia, el relato de una sombra

desastre guerra goyaEl periodista Hugo Mauricio Fernández nos trae hoy un relato que evoca el tema de los falsos positivos bajo el sabor de las metáforas del mito urbano, tan real como el sol. Aquí, su trabajo.

Por: Hugo Mauricio Fernández

Redacción cultural 180 Grados

Pitalito – Huila

Tía Gracia era una bruja endemoniada. Incluso ahora que está muerta me intimida su silencio. Era una anciana desquiciada que hablaba con los ojos. Su boca raras veces dejaba escapar, como un silbido ronco, esa voz de águila enferma. “Mi Dios lo va a castigar por desagradecido. Se acordará de mí cuando me muera”. Pues claro que me acuerdo vieja loca y prefiero verla así callada, inmóvil, con los ojos cerrados, sin esa mirada inquisitiva que parecía esculcar todo cuanto caía en sus pupilas.

-No sientas piedad por ese miserable, que no la merece-. Chillaba señalando con sus labios arrugados a mi padrastro, el ciego paralítico que desde la mañana se tiraba en la esquina a mendigar lástima con sus manos levantadas. El infeliz era un alcohólico a quien mamá le había descerrajado un balazo en la frente, que lo dejó vivo pero sirviendo para nada. Mi vieja se había cansado de sus golpes y una noche despertó a los vecinos con un inolvidable fogonazo. Ninguno tuvo la osadía de inculparla. Para la policía y los desconocidos se trató de un intento de suicidio.

A decir verdad, no era piedad lo que sentía sino odio. Desde niño lo vi embriagarse con el dinero de los helados que ella preparaba y vendía a los vecinos. Eran los mejores helados que jamás he probado, con arequipe en su interior y un sabor remoto a infancia que ya no recuerdo. El viejo esperaba a que el tarro donde mamá guardaba los escasos billetes y las monedas de la venta juntara la suma exacta de la botella de aguardiente. Se iba al billar con sus amigos y regresaba dando tumbos hasta el inquilinato, donde los gritos, la sangre y el llanto de mamá eran la música de todas las noches.

Fue tía Gracia quien le facilitó a mamá el arma con la que no pudo zafarse del suplicio. Por eso nos fuimos de aquí, para estar lejos de él y la tía Gracia que eran como dos malas sombras en la conciencia de mi madre. Pero ahora que murió Tía Gracia hemos regresado a este pueblito miserable, donde sólo crece la mala yerba. Esta mañana, cuando salíamos del cementerio, vimos al ciego tirado en la calle.

Parecía un gusano frío buscando un rastro etéreo. Mamá no dijo nada. Yo recordé al capitán Sierra y sus generosas bonificaciones. Es como si desde el más allá, así como eligió de manera autoritaria mi carrera militar, la tía hubiera dado sus últimas instrucciones. Por fin voy a cumplir con la misión que ella ni mamá pudieron hacer bien. Ojalá que el uniforme no le quede tan grande como al anterior. Desde aquí veo al viejo agazapado en su esquina de la noche; será un tiro de gracia.

Imágen: Serie de 82 grabados 'Los Desastres de la Guerra' por Francisco de Goya.

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