únanse al baile de los que sobran

MES DEL ORGULLO FINAL 2

Junio ha sido por más de 4 décadas la fecha ideal para conmemorar la lucha del sector LGBTIQ+ a nivel internacional; una fuerza que pareciera haber iniciado en el barrio neoyorquino de Greenwich Village, en Stonewall (EE.UU), un espacio de resistencia política que en 1969, fue testigo de una redada policial, llena de represión y violaciones a los derechos humanos y del que resaltan figuras como la de la artista y activista Marsha P. Johnson, mujer afro y trans.

por: Luciana Avendaño

Comunicadora social y periodista

Activista por los Derechos Humanos y Columnista.

 

Sin embargo, a pesar del cambio que produjo la revolución sexual en la segunda mitad del siglo XX, siendo el cuerpo el lugar de las reivindicaciones de los sectores históricamente excluidos, la deuda que la sociedad debe hacia las personas sexualmente diversas, sigue siendo inmensa. Al menos en 70 países, aún ser gay o lesbiana es ilegal - letal. Y bueno, Colombia no ha sido la excepción; sólo hasta 1981 se despenalizó la homosexualidad y 9 años más tarde, la OMS la sacaría de su lista de enfermedades mentales.

Fueron décadas muy importantes para dejar atrás esas escenas tan repetitivas y horrorosas que habían convertido a sitios ‘sagrados’ como el cerro de Monserrate en el centro de tortura, ridiculización y violación a los cuerpos que más tarde seguirían siendo objeto de violencia política por el narcotráfico, el paramilitarismo y la misma sociedad, encargada de señalarles. Tal vez suene muy burgués de mi parte, mencionar a los cerros orientales de Bogotá, cuando posiblemente en zonas no tan citadinas del país, ocurrían cosas peores, no obstante, se ha considerado un lugar donde los creyentes piden ‘salvación por sus pecados’.

Asimismo, es una lucha que se debe a quienes ya no están y es un llamado a reconocernos como sujetos políticos de cambio y para recordar el trabajo de líderes como Manuel Velandia, con más de 5 décadas de experiencia en la defensa de los derechos humanos, cuyo legado en 1982, le dio a la Revista Gay, el galardón a mejor revista latinoamericana, justo, en el tiempo en que se desarrolló la primera marcha gay en Colombia el 30 de junio de ese mismo año o de Brigitte Baptiste, la primera mujer trans en ser rectora de una Universidad en el país y de mujeres lesbianas y bisexuales que han revolucionado con sus escritos a través de la historia como Safo de Lesbos, entre otras.

Sin embargo, pareciera que hablar de emancipación en un país donde se sigue violentando a la otredad en su diferencia, todavía es utópico. Por ello, lo que se busca con este mes, no es sólo recordarle al mundo de nuestra existencia y que merecemos el mismo derecho a ser diferentes, teniendo las mismas oportunidades a educación, salud, trabajo digno, vivienda y todo lo que constitucionalmente nos ampara sino, también, como un ejercicio de autocrítica para renunciar a la misoginia, al racismo, sexismo y clasismo interno que debilita el sentido de la lucha colectiva, dividiéndonos y haciéndonos sentir sobrantes en una sociedad machista que nos ha considerado parte no nacional de Colombia.

Lo digo, porque nuestros espacios de encuentro deben empezar a ser seguros; en Colombia, la bisexualidad es sinónimo de confusión; ser mujer trans es una condena de muerte —van más de 30 asesinadas en los últimos dos años y al gobierno le da igual —; ser lesbiana pareciera no tener la misma importancia que ser GAY y muchas veces, la figura del hombre, es la que resalta. A veces ponerle espejos a una sociedad que no le gusta verse a sí misma, es difícil y más, si inconscientemente replicamos los mismos patrones heteronormativos de opresión.

De por sí, nuestra sola existencia ya es revolucionaria. Pero, no deja de ser necesario que ocupemos todos los espacios que nos han negado, desde lo representativo hasta lo más cotidiano, especialmente en el terreno político, el cual implica, interpretar nuestras acciones desde la transformación y lo posible, de ahí parte la política. Trabajando hombro a hombro, sin egos y con responsabilidad, porque hoy más que nunca, sabemos que es necesario hablar para existir.

Finalmente, el camino no deja de ser largo pero tengo esperanzas de que el estallido social que atraviesa nuestro país, deje resultados muy buenos, entre esos, una sociedad más incluyente, empática y diferente. Mientras, disfrutemos de junio, unámonos al carnaval de los que sobran, bailando y resignificando los cuerpos, aportando y sintiéndonos orgullosos de lo que somos. No hay acto más revolucionario que amar, y lo es, porque cuando se ama más allá de los prejuicios, sin miedo, siendo transparentes y no negándonos a sentir, yendo en contra de lo establecido, el amor pasa a convertirse en la mejor herramienta política para transmutar los valores culturales.

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