Opinión | A propósito de un paseo por las nubes

useche periodista 180 grados

Reflexiones sobre el medio ambiente, el agua, el capitalismo que ya casi nos acaba y otras excusas para echar lápiz y muchas neuronas argumentativas.

Por César Augusto Useche Losada

Vereda Carmen de Bolívar, Santa María

Especial para 180 Grados

Salí a dar un paseo por la nubes. Ya les había hablado de eso. ¿Por qué me gusta? Primero, porque alude al título de una película romántica que a mí me encanta: ‘Un paseo por las nubes’, con Keanu Reeves y Aitana Sánchez-Gijón como protagonistas. Lo otro, porque me gusta esa sensación térmica fría en los pómulos, esa apariencia fantasmagórica que otorga al paisaje y a mi presencia. Me veo a mi mismo como flotando entre aquella atmósfera acuosa de olores vegetales, entre la acuarela que va del verde-verde a los verde azulados. Y luego, cuando pasa la nube, la misma nopaleta de color, pero esta vez con una transparencia oro sobre el paisaje. A mi eso me maravilla, no sé a ustedes.

Otra razón, es que no deja de fascinarme hacerme consciente de qué es esta realidad que me envuelve, me absorbe, que hela mi rostro. Hacerme consiente de mi conexión con el Todo. No solo es un paseo por las nubes, en realidad lo es por una fábrica de agua, por el ciclo del agua. Ese líquido del cual pende toda forma de vida conocida. El mismo que poco a poco nos priva la minería del oro y el petróleo (no únicamente), para satisfacer la vanidad humana, como símbolo y valor dinero en esta era por la que hacemos tránsito, el capitaloceno, la era del Capitalismo que aún esta lejos de terminar, sino es que ella acaba con todo primero (No, amigo no es broma ni cuento de mamerto).

Repasemos este tema del que nos hablan en la escuela primaria, pero de forma tan desconectada de la vida (Conceptos de Rodolfo Llinás y otros neurocientíficos, lo que nos revelan los estudios de la cognición, la pedagogía y la didáctica. Para infortunio, basamos la educación en preceptos esotéricos y en costumbres que resultan la peor de las trabas por prejuiciosas)… ¿De dónde proviene el agua? La ciencia no tiene una teoría definitiva. Parte de ella, es posible que tenga origen extraterrestre, habría llegado en gigantescos meteoritos. Pero otra gran parte es resultado de la interacción de los elementos naturales de la Tierra. De modo tal, que la cantidad presente de agua, es una especie de constante global. Se transforma en sólida, líquida y gaseosa, y se incorpora hasta cantidades infinitesimales en todo los tejidos orgánicos. En enormes o microscópicas cavidades de la corteza terrestre, como el agua de las cavernas y ríos subterráneo (ahí tenemos la Caja de agua) o los cenotes de Centroamérica. Somos agua, hasta sesenta y cinco por ciento de nuestra masa corporal, ¡pero hay otros seres que lo son hasta un noventa por ciento! Hacemos parte del ciclo del agua.

Cuando transpiramos, sudamos, como señal visible del metabolismo (que es una combustión mitocondrial, fuego celular), exhalamos agua, vapor de agua, igual lo hacen de diversa forma todos los seres vivos. Uno es como como un motor a vapor. Otro tanto hacen las plantas, pero mejor, porque expelen agua a la atmósfera junto con oxígeno molecular que se hace ozono y protege la vida de la radiación solar letal. Pues bien todo esa masa de vapor de agua, que en climatología y biología se conoce como evapotranspiración, se hace nubes, asciende y se acumula en la atmósfera, flotando por magia de la física, y ahora yo paseo entre ellas. Entonces llueve, líquida o en forma de nieve o granizo. Otro tanto se acumula temporalmente en los glaciales, en los polos terrestres y en las cumbres nevadas. O se hace orgánica de nuevo o queda captada en las esponjas gigantescas de los páramos y bosques, que no otra cosa con sus líquenes, hongos y musgos, para ser lentamente liberada como agua de escorrentía, parar en los ríos y así, en forma cíclica, como todo en la naturaleza (Conexiones ocultas de Kapra).

El ciclo del agua está siendo perturbado hasta límites peligrosos por la acción humana. El calentamiento global es un fenómeno natural en curso ante nuestros ojos, forma parte del funcionamiento de la Tierra, como un organismos todo. Pero exacerbado por millones de toneladas de gases de efecto invernadero producidas por la acción humana, hasta tal punto que es considerado por los científicos junto con la amenaza nuclear, las dos causas de auto-extinción masiva de más alta probabilidad de ocurrencia en los próximos siglos, ¡o ahora! (otro artículo de NG). Entonces, esos paseos por las nubes me hacen más sensible y consciente.

Comenté en otro artículo, que esta pequeña finca que ahora habito, en gracia de la generosidad de un amigo, tiene como límite el área del Parque Nacional Natural Nevado del Huila (creado en 1977), patrimonio de la humanidad porque es reserva de la biófera, según declaración de la Unesco, y patrimonio invaluable de todos los huilenses y los colombianos. No son tierras baldías o improductivas. Son fábricas del agua, áreas absolutamente necesarias para el ciclo del agua, invaluables por sus servicios ecosistémicos. He ahí la urgencia de preservarlas, tan prístinas como se pueda. Son ciento cincuenta y ocho mil hectáreas que comprende la jurisdicción de los municipios de Páez, Corinto y Toribío (Cauca), Planadas y Ríoblanco (Tolima) y Teruel, Iquira y Santamaría (Huila). Sí, nuestro nevado es algo más que ícono en los escudos departamental y de Neiva. El del Huila, que es un volcán en actividad visible desde la erupción de 2008, es el segundo glaciar del país, después del Cocúy. Según la web de la estatal Dirección de Parques Naturales de Colombia, se estima que este nevado pierde cero punto siete por ciento de su glacial cada año. No sé que tan veloz es esa tasa de descogelamiento, pero comparar los registros en imágenes históricas (estas me las compartió un geólogo), al menos a mí, me parece preocupante. El gran nevado, que dicho todo lo anterior, es más que un inmenso copo de hielo de uso heráldico o postal, ¿dejará de serlo en cuántas generaciones? Inquietante.

Uno piensa a priori, que todo campesino intuye eso. Pero no. Es desconsolador. Al igual que en muchos lugares de Colombia la tala no cesa. La caza tampoco. Aquí, tal vez menos que antes, pero las hay. Y ni que decir de la actividad agrícola, por supuesto necesaria. Pero, hasta la fecha no conozco de emprendimientos de mediana y gran escala de agricultura orgánica (Que no es sólo el no-uso de agroquímicos, sino prácticas que van en pro de los ciclos naturales, no en su contra). Angustia ir por estos parajes y encontrar cada tanto basura plástica. Como en la ciudad el citadino, el campesino recarga de aceite la moto, desocupa el frasco de insecticida o herbicida, por ejemplo, ¡y tire al monte!, o a orilla de carretera (ni siquiera lo piensan), para que el agua los arrastre hasta los océanos (¡No, no exagero, y tampoco es invento mamerto, aquí están las islas de plástico, así el asunto nos resbale y escape de nuestro frívolo interés!). Pues resulta que en ese tránsito, esos plásticos causan grave daño a la vida silvestre y terminan por incorporarse como micro-plástico en los organismos con los que nos alimentamos. ¡Al buche nuestro, al final viene a parar la mugre que producimos! Se los digo, todo es cíclico. Por eso los viejos decían, “víctimas de su propio invento”). Si, la práctica agrícola predominante es la tradicional, la heredada de la famosa revolución verde, que no resultó tan verde, salvo el verde-azul de los dólares que acumularon corporaciones farmacéuticas como Monsanto hoy de Bayer y otros gigantes que ahora se adueñan de los genomas y semillas.

Un sistema global de alimentos que produce en muchos renglones más del doble de lo que sería necesario para toda la población mundial, como la carne bobina y la soja, por ejemplo, pero que a su vez desperdicia ese doble que no consume, al tiempo que no se conduele con el aberrante hecho de los niños muertos por hambre y millones más de humanos en desnutrición. Es el sistema de producción agrícola capitalista, que convive para su propio desarrollo con formas precarias y feudales de agricultura en todo el mundo. El mismo que mantiene al campesino en la ignorancia y el atraso, porque al capital le representa dividendos como otras tantas injusticias y entelequias idealistas (el dinero, la ‘mano invisible’, el crecimiento por despojo) en las que se fundamenta este sistema. ¡Ahora sí se me salió el mamerto!

Cada vez que el potrero necesita deshierba, el campesino asperja herbicidas, y más allá de la discusión sobre los grados de toxicidad de estos venenos de laboratorio, es un hecho probado, el daño ecológico que causan al suelo, pues matan más que las mal llamadas ‘malezas’, terminan interfiriendo en el ciclo del carbono, el proceso de descomposición de los residuos orgánicos e inorgánicos mediante el cual se desintegran en elementos y moléculas que se absorben de nuevo en los tejidos vivos. El suelo no es cualquier sustrato. Es un complejo vivo. Para que ese ciclo del carbono, gracias al cual se liberan al suelo el nitrógeno, el fósforo, el potasio y demás nutrientes esenciales para los reinos vegetal y fungy, para que ese ciclo vital sea posible, interviene una extensa cadena trófica de ¡bichos raros! Al morir por envenenamiento un alto número de estos organismos descomponedores, el suelo se empobrece y a la postre, pues se hace infértil, un cadáver mineral (uno también termina en cadáver de carbonato de calcio, fosfatos y carbón) expuesto al sol y el agua. Eso es erosión, un proceso natural, pero también antropico, que termina en paisajes como los del Sahara y pasa por otros como los de La Tatacoa.

Entonces, si amigo, si todavía me lee. Ese sistema agrícola tradicional, pues le representa un aparente ahorro en tiempo y trabajo al campesino. Pero en realidad lo hace presa del sistema económico, en el que él como productor, lleva del bulto. Literal. Y de paso acaba con su mayor activo: el agua y la biodiversidad. Se da cuenta como todo está conectado.

Otro gran lío en la mentalidad, es que todo animalito de monte, figura en el imaginario como un enemigo al que hay que darle balín con la escopeta. Invadimos los territorios de la vida silvestre y si ésta osa regresar en busca de alimento... ¡trampas, veneno y escopeta! Y así pues, es muy sobado preservar. Con todo eso, estas tierras siguen siendo tan generosas. Explotadas desde hace más de doscientos años, por lo menos es mi cálculo, tomando en consideración que Palermo, el vecino, tiene más de trecientos años de fundado (1690) a partir de la gran hacienda española que luego fue villa y al final municipio, y que sirvió como punta de lanza de la colonización agrícola de toda esta comarca andina huilense. Mis parientes más remotos, que de tiempos no republicanos, vivieron y nacieron, viven y nacen, no muy lejos de aquí, en Ospina Pérez, El Almorzadero, Piedra de Moler y el mismo Palermo. A todas estas cosas (¡tanta cosa!) me llevan esos paseos por las nubes. Por eso me gustan.

Una aclaración indispensable. La agricultura ecológica de forma habitual, práctica y económicamente viables, exige más conocimiento, mentalidad experimental, aprendizaje continuo e inversión de capital y tecnologías. No es la panacea. Los humanos llevamos aprendiendo a cultivar más de diez mil años, y sin duda es mucho lo que nos falta por aprender. Defiendo la intuición general de seguir el curso natural y perseguir siempre el equilibrio de las fuerzas y energías.

En cualquier alternativa conocida o por conocer, si su uso y modo de uso, afectan la fauna benéfica y crean resistencia en los patógenos, su uso debe ser restringido a casos de extrema necesidad. "La creación de resistencia a los extractos naturales, por ejemplo, volverá esta propuesta más tediosa y costosa para el agricultor. Tendrá que buscar nuevos extractos vegetales, aumentar su dosis y frecuencia cada vez más, hasta llegar a ser una práctica insostenible. La falta de refugios y condiciones para la reproducción in situ de los controladores biológicos creará una dependencia hacia quienes realizan la cría masal de estas especies. En muchas partes del mundo, esta práctica, así aislada, sólo ha tenido éxitos mínimos a costa de gran demanda de tiempo y de recursos". Así que siempre será mejor el principio de precaución, máximo cuando ignoramos consecuencias a largo plazo, como es el caso de los procesos genéticos.

No puedo cerrar, sin las debidas alusiones a la pandemia uribista, que es peor que el Covid-19, con cepa nueva y todo (están que nos meten al mantenido hijo del Matarife, Tomás Uribe, entre ceja y ceja). Mire no más, hablando del agua, de parques naturales, de conservación… Y este gobierno inepto, sin vergüenza, mentiroso y criminal, producto de la alianza narco-paramilitar-latifundista-banquera, con sujetos de abominable calaña, obstaculiza la ratificación del acuerdo ambiental de Escazu, insiste soterrado en echarle pica, pala y explosivos al páramo de Santurbán, acaba de autorizar el fracking, se hace el de la vista gorda con el aceleramiento de la deforestación principalmente en la Amazonia o con el robo de zonas protegidas y no encuentra la hora de regarnos a todos con glifosato, disque para erradicar el narcotráfico. Esta bandola acaba es con todo. No importa qué o a quién tenga que llevarse por delante. Para ellos la ecología, el medioambiente y el conservacionismo no son más que infundios mamertos. ¡Partida de ignorantes, negacionistas! Ya quisiera que Duque se diera un paseo por las nubes, las de H2O, no por la frívola estratosfera en que vive. Pero eso es lo que elegimos (o que eligen la trampa, la ignorancia y el engaño para que no se me ofendan tanto o para que se ofendan más).

Bueno, ¡aquí les va!, dijo la mona de RT (si de Rusia Today, como buen mamerto). Espero que les guste y que comenten y compartan estas lucubraciones, resulta de mis paseos por las nubes. Por ahora, aprovecho este aire tan bueno, e “inhalo y exhalo”, como dice el personaje de Juanpis González.

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